La Lucha de Richie Sigue Pa’lante

por Eva Sanchis

El Diario-La Prensa, 13 junio 2004

El legendario activista

No quiso flores en su sepelio. Cuando el cáncer le estaba arrancando los últimos jirones de vida, Richie Pérez confió a su esposa Martha su último deseo. En vez de flores, prefería que los asistentes a su funeral donaran ese dinero para dos de sus causas más queridas: los programas sociales y políticos del Congreso Nacional por los Derechos Puertorriqueños y la campaña para registrar votantes de Community Service Society, la asociación para la que trabajó durante dos décadas.

Los que conocían bien al activista boricua no se sorprendieron: Richie el idealista, hasta el final.

Es difícil saber si Pérez creció en la lucha o si fue al contrario. Nacido en el seno de una familia obrera un 3 de diciembre de 1944, Pérez se educó en las segregadas escuelas públicas y los desamparados guetos puertorriqueños del Sur de El Bronx. Creció en plena lucha de los afroamericanos por sentarse en las mismas aulas que los blancos.

A los 21 años, ya era profesor de una escuela de secundaria de El Bronx, donde enseñaba la teoría de los libros y los dramas sociales de la vida real. Sus enérgicas protestas contra la Guerra de Vietnam inspiraron a otros latinos como el “panarriqueño” Vicente Alba ‘Panamá’, quien fue primero su alumno y luego uno de sus amigos más fieles.

“Aquellos eran unos tiempos de mucho cambio social. El era el profesor más joven de la escuela y reflejaba el activismo de la juventud latina”, recuerda ‘Panamá’. “Yo seguí sus pasos e ingresé en los Young Lords."

A principios de los años setenta, Pérez se había unido a los Young Lords, un movimiento político radical boricua que aglutinó, de 1969 a 1972, a miles de jóvenes latinos que reclamaban una vida digna para su comunidad.

Durante sus años de profesor en la escuela secundaria James Monroe, de 1965 a 1970, Pérez luchó por devolver el control de las escuelas públicas a sus comunidades. Su labor como docente continuó en varias universidades, entre ellas, la City University of New York, donde se licenció en Negocios. Durante una década impartió cursos sobre la comunidad latina, política social y medios de comunicación.

Una de sus campañas más famosas a principios de los años ochenta fue su boicot del filme “Fort Apache, the Bronx”, protagonizado por Paul Newman. La película, de 1981, narraba la vida de un policía en una comisaría localizada en las “calles sin ley” de El Bronx, una imagen que él consideró una ofensa. En una de sus protestas, en la Universidad de Fordham, Pérez reclutó para la causa a una jovencísima Teresa Santiago, la actual directora de la Junta Estatal de Protección al Consumidor.

“Quería ir a ver la película después de mi clase, pero cuando me encontré a toda mi gente protestando, pues yo también me uní a la manifestación”, recuerda Santiago, de 43 años.

Los años 80 no sólo “trajeron” a Newman a El Bronx, sino cambios en la lucha política. Después de 1975, el radicalismo perdió fuerza, y en su lugar se convirtió en prioritario aumentar la representación de los latinos con el voto.

Pérez se involucró en esta nueva causa a través de diversas organizaciones, entre ellas el National Congress for Puerto Rican Rights, una asociación fundada en 1981 por antiguos miembros de los Young Lords y otras asociaciones políticas radicales.

Dentro de esta organización, Pérez fundó el Comité de Justicia, que en los noventa lideró varias campañas en contra de la brutalidad policial. Dos de las más sonadas denunciaron los asesinatos de Anthony Báez y Amadou Diallo en 1994 y 1999, respectivamente.

Después de cuatro años de lucha contra un sistema criminal favorable a los policías, Pérez tuvo la satisfacción de ver al culpable de la muerte de Báez entre rejas. No sucedió así con caso del guineano Diallo. Aunque la ciudad pagó una indemnización millonaria a la familia, los policías fueron declarados inocentes en un proceso criminal.

El abogado Juan Cartagena, compañero de trabajo y amigo de 15 años en Community Service Society, asegura que ni aún las derrotas doblegaban al guerrero que había dentro de Pérez.

“Esa es una de las ventajas de pertenecer a la clase trabajadora”, asegura Cartagena. “Siempre que Richie caía, se levantaba y volvía a pelear."

Una causa de dos décadas fue la que persiguió liberar a 16 militantes puertorriqueños independentistas, encarcelados a principios de los ochenta. Como miembro del Comité por la Liberación de los Prisioneros Nacionalistas Puertorriqueños, Pérez celebró en 1999 la liberación de 11 presos por el presidente Bill Clinton.

Para entonces, era clara la desbandada en la línea de fuego latina. Antiguos camaradas eran políticos, periodistas, padres de familia, empresarios. Richie se había casado con la enfermera Martha Laureano y tenía un hijo, Danny, pero continuaba realizando el mismo trabajo comunitario de toda la vida en la organización no gubernamental Community Service Society.

“Muchos otros se volcaron en sus carreras, sus familias, dejaron la lucha, pero él nunca, nunca paró”, explica Juan González, columnista del “Daily News” y fundador de los Young Lords. “Jamás se desanimó ni le vi sintiendo que las cosas no iban pa’lante."

Durante los últimos años, Pérez logró registrar a 250.000 nuevos votantes latinos y afroamericanos a través de Community Service Society.

“Richie había sido la conciencia moral y política de nuestra asociación desde hacía mucho tiempo”, explica Cartagena. “Nos daba el pulso de las comunidades que necesitaban ayuda."

Para muchos hispanos, con su compromiso inexpugnable, Pérez simbolizaba en los 90 la conciencia de la comunidad latina en unos tiempos en los que el idealismo se cotizaba a la baja.

Santiago no podía reprimir cierta amargura al hablar sobre esta época: “Muchas personas de la comunidad no saben quién es Richie; tenemos que lograr que su legado continúe."

La actriz Rosie Pérez, quien trabajó con el activista hace tres años en el filme “The King of the Jungle”, en el que Richie tenía un pequeño papel, lloraba inconsolable el día de su muerte. La actriz neoyorquina, quien había admirado a Pérez a través de los años, acertó, en medio de un mar de lágrimas, a resumir su pesar en seis palabras: “Era el único que nos quedaba."

Fiel a su forma de entender la vida, Richie Pérez pidió a sus amigos que, en su sepelio, en vez de flores, le llevaran donaciones a dos de sus causas más queridas: los programas sociales y políticos del National Congress for Puerto Rican Rights, y la campaña para registrar votantes de Community Service Society, la asociación comunitaria para la que trabajó durante las últimas dos décadas. Si alguna persona está interesada en realizar una donación a estas causas, puede mandarla a Justice Committee, National Congress for Puerto Rican Rights, CAAAV, P.O. Box 1885 New York, NY 10159-1885.