23 de septiembre de 2005

Noel Colón Martínez

Red Betances, 28 de septiembre de 2005

El pasado viernes 23 de septiembre, mientras conmemorábamos la efemérides de uno de los sucesos más importantes de nuestra historia, allá en el pueblo de Lares, casi en los mismos instantes en que escuchábamos el mensaje grabado a que nos tenía acostumbrado el patriota Filiberto Ojeda Ríos, éste estaba siendo rodeado por efectivos del FBI en Hormigueros o acababan de herirlo y abandonarlo con sus heridas abiertas hasta desangrarse en su casa. Esos agentes tenían órdenes de arrestarlo, pero la evidencia demuestra que su ánimo era homicida: es evidente que fueron hasta allí para matarlo.

La conducta del FBI con los revolucionarios puertorriqueños, desde la época de los procesos contra don Pedro Albizu Campos, ha sido una de absoluto desprecio por los derechos humanos de los intervenidos. Es parte de una visión de mundo que se proyecta sobre todo asunto que se encomienda a su autoridad. En Puerto Rico, el FBI no es meramente una agencia que ejecuta la ley federal, sino que es un componente de represión que se mantiene como reserva política. La fecha escogida para asesinar a Filiberto Ojeda Ríos, el 23 de septiembre, y la fecha escogida para asesinar a Carlos Soto Arriví y Arnaldo Darío Rosado, el día 25 de julio de 1978, son fechas señaladas para enviarnos un mensaje inútil a los luchadores por la independencia. En el caso del Cerro Maravilla está documentado que por lo menos el agente federal J. Homero Rivera sirvió de coordinador de algunas de las actividades supuestamente subversivas que se desarrollaron en Puerto Rico durante el período anterior a Maravilla.

Es necesario recordar que aunque la investigación de los sucesos del Cerro Maravilla indica, fuera de toda duda, que las autoridades federales promovieron e instigaron algunas de las actividades dirigidas a plantear que se estaba promoviendo en Puerto Rico un clima de reto y subversión, el gobierno de Estados Unidos se ha negado reiteradamente a proveer información sobre su intervención en esos actos. En una actividad celebrada en el Colegio de Abogados el 24 de julio de 1984, di a la luz pública unos memorandos que me fueron entregados confidencialmente, donde se establece que John J. Hinchcliffe, entonces jefe de la oficina del FBI en San Juan, se oponía tenazmente a que la División de Derechos Civiles del Departamento de Justicia de Estados Unidos realizara una investigación sobre posibles violaciones cometidas por agentes federales el 25 de julio de 1978. El agente Hinchcliffe convenció finalmente al Departamento y a su Comisión de Derechos Civiles de no iniciar una investigación sobre los asesinatos cometidos en Maravilla y la intervención del FBI en el asunto.

El agente Hinchcliffe alegaba que ya el gobernador Carlos Romero Barceló había calificado el operativo como uno exitoso y había felicitado a la fuerza policíaca. En el período anterior a Cerro Maravilla, los agentes y los vehículos del FBI conspicuamente supervisaron actos de subversión política que entonces les eran atribuidos a organizaciones independentistas.

Una agencia del llamado orden público que ostente el récord de perniciosa interferencia política que ostenta el FBI, y que se niegue a responder al pueblo de Puerto Rico por sus ilegalidades, merece un trato distinto al que Puerto Rico le concede a esa agencia. Todas las alegaciones del jefe del FBI para no haber prestado la asistencia inmediata que requería y demandaba el hecho de saber que Ojeda Ríos había sido herido de bala y que permanecía en el interior de la casa sin asistencia médica, deben ser totalmente desestimadas. Su equipo violó la ley y debe responder por esa violación. Nuestro país debe hacer lo que haya que hacer para que respondan por los crímenes que siguen cometiendo en este país.

Cuando durante los meses de agosto y septiembre se suscitó dentro del independentismo una guerra de insultos y vejámenes con motivo del modo que se habría de celebrar este año la conmemoración del Grito de Lares, les transmití a algunos compañeros de lucha independentista mi convencimiento de que estábamos atravesando un período de interferencia de las agencias de inteligencia norteamericana en nuestro movimiento. Me parecía que se estaba repitiendo otro ciclo semejante al que sufrió el Partido Independentista Puertorriqueño (PIP) en 1973, o el Partido Socialista Puertorriqueño (PSP) en 1976. Todos sabemos de algunos de los infiltrados de entonces y el daño que realmente lograron realizar.

Mi ya larga integración a nuestra lucha me hacía pensar que estábamos pasando por una nueva racha de interferencia activa. Son rachas en las que unos infiltrados logran que algunos líderes expresen posiciones absurdas que limitan la inteligencia comunicativa necesaria para razonar y dialogar. Pensé que los recursos que tiene Estados Unidos ahora permiten mucha mayor profundidad en la capacidad de desestabilizar. Con el asesinato de Filiberto un día tan significativo e importante como el 23 de septiembre, y la información diseminada discretamente de que las autoridades federales se proponen ordenar el arresto de un número considerable de independentistas que de alguna manera colaboraron para proteger a Filiberto, me indican que la interferencia se ha venido produciendo por algún tiempo.

Estos procesos de infiltración y desestabilización se establecen para evitar el fortalecimiento de nuestra lucha. En 1973, infiltraron al PIP para moderar el incremento que se estaba produciendo en un partido que se radicalizaba y se convertía en un instrumento muy efectivo de denuncia. A los sectores aliados al campo socialista se les diseñó un esquema de persecución política conocido como COINTERPRO, que fue desde la difamación sistemática hasta el asesinato político. Ahora como antes mantener al independentismo separado, desmovilizado, peleando entre sí, es un objetivo estratégico de las autoridades norteamericanas en su relación con Puerto Rico.

Repito, yo tenía un cierto convencimiento de que la guerra por la tribuna de Lares era una controversia importada. Ahora estoy convencido que las autoridades federales estaban preparando el camino para que al momento de arrestar a Filiberto el independentismo no tuviera capacidad de respuesta y de denuncia. Pero se equivocaron, el país entero está buscando respuestas y exigiendo explicaciones para este ultraje cometido contra todo el país. Nuestro pueblo sabe que Filiberto fue un patriota cabal. Puerto Rico estaba inmutable en el centro de su corazón y de sus emociones. Todos sus sueños y desvelos se referían siempre a la libertad no conquistada. Fue mi amigo y mi compañero de luchas. Vivió gran parte de su vida en las soledades que imponen los exilios, pero su sacrificio personal y su ejemplo de inquebrantable lealtad a su pueblo fueron abriendo cauces de extraordinaria admiración en su pueblo.

Más allá de opiniones y creencias, más allá de dificultades y diferencias, el pueblo ama y respeta a aquellos que aman al pueblo y lo respetan, más allá de conveniencias o gratificaciones. Creo que el pueblo que lo vio morir, con las botas puestas y resistiendo a los enemigos de su patria, no tendrán para él sino un profundo respeto y una admiración que se acrecentará con los años.

La muerte de Filiberto nos exige a todos los independentistas una reflexión profunda sobre las manifestaciones de nuestro compromiso con la lucha por la independencia, que no es sino un compromiso con la democratización de nuestro país y un encuentro con sus derechos naturales y con su dignidad. No pueden ser tolerados ni perdonados los que, por no entender los procesos que se dan para anularnos, continúen las luchas pequeñas que tanta veces son diseñadas por agentes foráneos.

Sólo pido que nos reencontremos con los sabios consejos sobre la necesidad de aprender a obrar juntos en esta lucha en la que estamos empeñados y en la que no tengo duda alguna habremos de prevalecer.

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